Cícladas

Los nombres.

Kéa. Siros. Tinos. Mikonos. Delos. Kithinos. Serifos. Paros. Naxos. Sifnos. Keros. Ios. Milos. Polyaigos. Amorgós. Folegandros. Thira. Anafi.

El verano destruye las flores que nacieron de los bulbos plantados hace meses. Ahora se recogerán hasta el próximo año. ¿Por qué pensar en las islas? El olor a Mediterráneo, los ficus que se agitan sobre las terrazas de la acera, su rostro en el vidrio de la tienda de ropa, su aroma súbito en mí. Las islas.

Viene chorreando agua de mar. Dice que ha leído el cuento. Que no es un cuento. Que la historia está inacabada y puede continuar. Así, sin más. Luego recoge su bolso y se despide con un movimiento de la mano rumbo a las bicicletas. Antes de tomar la pendiente del hotel gira la cabeza y sonríe. Continúa la historia, dice.

El dolor

Non ci aspetteranno più
né Parigi, né Vienna,
le allegre passeggiate
in quella baia del Sud…
…troverai qualcun’altra a cui chiedere:
portami vicino al mare…
portami vicino al mare…
portami vicino al mare…

Carmen Consoli

Aquel verano se enamoró.

Antes había construido el amor. Esta vez fue un golpe de mar, la agitación de una paloma que voló ante su rostro en un callejón del Gótico.

Sucedió una noche.

Lo había visto antes. Era dos palmos más alto que él. Se llama Filippo, dijo alguien, es siciliano. Pero la señal no llegó en ese momento ni después. Ni siquiera cuando levantó la vista en el bar donde trabajaba de camarero y encontró su mirada. No lo supo hasta mucho más tarde.

Hubiera querido tomar el avión a Atenas, un vuelo low cost. Visitar las islas. Entrar al mar, pasar los días solo, sin encontrar los rostros tremebundos que lo perseguían tras la barra. Hidra. Naxos. Otra vez El Pireo. Las cestas de naranjas y el mercado de peces. Parakaló: su palabra mágica.

Cuando regresó había terminado el contrato de trabajo. No volvió al bar. Evitó la esquina sombreada por los toldos verdes estilo New York. Evitó aquella plaza. Evitó hasta la Moritz, la cerveza que vendía en el local. A las dos semanas regresó y vio las luces desde lejos, el bullicio de la gente en la terraza, los camareros nuevos que corrían entre las mesas.

No lo pudo soportar. También aquí he fracasado, pensó. Cruzó la calle y entró en la discoteca. Una discoteca gay. La más famosa en la ciudad.

Era domingo y había poca gente. En la sala más grande pinchaban éxitos del ayer. Prodigy. Chemical Brothers. Temas que traían la brisa fresca de Alamar, su barrio en La Habana, el sabor a salitre y los toscos edificios derruidos: el encanto de lo que pasó. Grabaciones del Sexteto Matancero un domingo a las seis de la tarde, vinilos de los años sesenta: Lucho Gatica, Olga Guillot, la voz de Fredy y su misterio literario. La música le recordaba los cuentos de Ana Lidya Vega y las tardes con Roberto.

Seis cervezas doble malta. Sabor amargo y apretado. Bailaba en una esquina sin atender la gente que lo rodeaba. Solo. El mar. Las rocas de la playa en Hidra. El barco de pescadores  junto a él. Los rostros oscuros. Allí estaba. Pensó que lo conocía de algún sitio indefinido. Hola, dijo, ¿te acuerdas de mí? Y acto seguido lo invitó a seguirlo al lavabo. Es alto, es hermoso. El chico que lo acompañaba -brasileño, torso desnudo y lampiño- preparó las tres rayas sobre su cartera. A la salida Filippo le preguntó si podía besarlo. El brasileño no estaría ya en sitio alguno, habría desaparecido. Habría desaparecido también la discoteca, la cara triste del mulato que extendía los tickets a la entrada, la música de Alamar. Meses después no sabría decir quién le pidió el beso a quién, pero ya no tendría importancia.

Y la escena se repitió. Baile. Lavabo. Raya. Beso. Baile.

Vamos a mi casa. ¿A hacer qué? No sé, tal vez fumar un porro. Las calles del Gay Eixample desiertas  a esa hora. Hablaban del estado del tiempo. De vivir en la ciudad, de Carmen Consoli, de lo bueno que era siempre allí el transporte público y otra vez de Carmen Consoli, de Lipari, de Stromboli, de su pueblo en Catania, de las letras increíbles de Carmen Consoli. Narciso, parole di burro, si sciolgono soto l’alito della passione. Narciso, trasparenza e mistero

En el ascensor se miraron a los ojos por primera vez. Bajo la agobiante luz blanca de neón los de Filippo serían verdes, profundos, de una belleza insólita. Él no sabría nunca ubicar aquellos ojos, son como los de mi padre, fondo coralino en María La Gorda, praderas submarinas de posidonia en una cala de Menorca. Y pensó en la estación de trenes de Milán, su primer viaje a Italia, en la publicidad de ropa interior masculina de Dolce&Gabbana, en Il Duomo gris y aquel día de invierno. Más tarde los ojos de Filippo serían todo eso, girasoles, i papaveri, la hierba del prado de Scordía, el azahar, la fragancia fresca de una colonia cara.

Pero en el ascensor tampoco lo supo.

Entraron al piso. Él abrió la puerta de su estancia y se amaron sin hablar, apresuradamente, un acto casi mecánico que no duró mucho tiempo, apenas el necesario para desnudarse. La habitación iluminada sólo por una lámpara de luz roja, las toallitas húmedas marca Capravo, el olor a sudor y sexo.

Luego la madrugada última en su regreso a casa, el Arc de Triunf desierto y su cama vacía, la atmósfera del piso viciada por los pelos del gato. La resaca intensa del alcohol.

No podría recordar el segundo encuentro. Fue en el bar, en cualquier bar. Y surgió aquello que los mantuvo meses unidos, una extraña dependencia sexual que él interpretaba a su manera y Filippo a la suya. Dos almas solas. Dos almas que ni siquiera así llegaron a encontrarse.

Una tarde escuchaba a Gigliola Cinquetti, se dejaba vencer por el discurso bellísimo en italiano y los ojos de Filippo llegaban a ser el paisaje último de su vida. A veces deseaba no haberlo encontrado en aquella discoteca, no entendía su voracidad por los clubes nocturnos, las salidas constantes, sus miradas a otros hombres, los miles de contactos en Facebook, las fotografías que colgaba en su página. Pero aún así continuaba. Al principio intentó entrar en el mundo del otro, pero Filippo no aceptó la injerencia en su universo personal. Apenas se asomó a la ventana de su vida dijo hasta aquí y resultó infalible su gesto despectivo. Tampoco se sintió atraído por cosas como un armario lleno de ropa de marca o las historias vulgares de la mariconería: los cafés del barrio gay de Barcelona, las tardes en las terrazas donde todo estaba estudiado milimétricamente, desde el color de la correa del perro a la camiseta de moda o el ademán último aprendido en la coctelería del momento, la depilación corporal o las tandas inacabables de gimnasio.

No era ese el camino de su encuentro.

Sólo llegarían a conocerse en la intimidad.

Habrían olvidado todo. Se comían uno al otro. Se tragaban a trozos. Suave, insensiblemente. Intercambiaron saliva, semen, virus, intercambiaron la sangre y los desperdicios de sus cuerpos. Y cuando no tuvieron nada que intercambiar, descubrieron que no se conocían. Que en realidad no añoraban conocerse de otro modo que de aquel, algo completamente impersonal.

Fue entonces cuando él empezó a sufrir.

Eran sus complejos. Las noches en que despertaba sin saber exactamente dónde se encontraba -¿estoy en Pinar, en Jesús María, en el cuarto del piso 18 de la beca, en Barcelona?-, la fragilidad de los amores de paso. Era el sufrimiento que causaba la ciudad, el país extranjero, su incapacidad para encontrar un trabajo de acuerdo a su nivel intelectual, las noches en autobuses por las calles desiertas rodeado de inmigrantes, como él, que volvían a sus remotos hogares. Europa lo fundió.

La única salida a aquella situación fue la inexorabilidad de los encuentros, el sexo siempre mejor, las confesiones íntimas a la luz de la lámpara roja. Todo lo que acontecería antes de que se abandonara a la idea de que el otro no sería nunca un compañero más que para el sexo y eso ya lo consideraría muchísimo, como si el marco de su relación fuera solo sexual: lo contenía todo, condicionaba el espacio de su brevísima vida en común. Estados alterados por la verdad. Por las cosas que no le dijo nunca al ragazzo italiano, por el alcohol, la noche, las drogas, los boleros puertorriqueños, la ropa interior Calvin Klein, los excesos, caricias ante un edificio de oficinas repleto de empleadas en el salón de la casa de Filippo, la necesidad de empezar a trabajar, las colas del INEM, las mensualidades del paro, la fiesta de San Juan, La Boquería, la vida en la ciudad en fin. Todo el dolor.

Entonces quiso volver a las islas y era invierno.

Un remoto barco de pasajeros sobre el mar azul pálido.

La costa rocosa, desgastada por siglos de civilización.

Las olivas amargas en un mercado de pescadores.

Imagina redes colgadas al final del muelle. El agua cristalina. El olor a  sal sobre su cuello.

Imagina las formas de la perfección dibujadas en su cuerpo. Imagina el aire sano alrededor de los hombros, la belleza, su belleza por encima de la belleza superior. Imagina todo eso y luego campos amarillos camino de Girona. La mies apilada en medio de esos campos, una canción de Cold Play y una versión de Tabú por Bebo Valdés. Imagínalo solo, debía olvidarse para siempre del amor, el mismo que había descubierto unos meses antes. Debía borrar aquel amor y pensó que además de viajar, una buena manera sería contarlo.

Y he aquí en medio de la nada, en el tren desierto, una manera de matar el amor: comienza a escribir.

Había conseguido ahorrar por primera vez en años y visitó las islas, el Peloponeso, Iraklión. Era el encuentro con un mundo soñado a través de textos, sus  poetas ya casi olvidados en las estanterías volvieron a sonar en la antigua lengua. Alcmán, Estesícoro, la Palinodia desgastada donde Helena desmiente la historia de la guerra, los Parthenios, el olor a mar de Arquíloco, las telas de colores de las muchachas de Safo.

Regresó a Barcelona sin dinero y feliz. Había conectado con un tiempo anterior a su tiempo, con un mundo que habría querido para sí. Volvió a leer a Platón. Y la historia por vez primera tuvo un final feliz.

A su vuelta las manos de Filippo se abrieron y mostraron las herramientas del actor. Ya no estaba. No volvería a estar nunca para él más que en la historia que contaba, la suya propia, la historia de una pérdida. Los cubanos, escribió en su diario, fuera de Cuba somos gente desorientada, tal vez lo que nos distingue del resto de los mortales es una innata capacidad para sobrevivir a todo y para la búsqueda del amor.

Era posible una fábula sin final, ni feliz ni lo contrario. Él lo sugirió. Fue muy simple. Solo dijo en su español macarrónico: hay cosas de ti que me gustan mucho, pero hay otras que me matan.

Lo había perdido todo. Se consoló pensando en el parecido de Filippo con Malena, el personaje de una película de Tornattore, ambos sicilianos, ambos criaturas con una historia personal triste y el alma devastada por algo que no llegó a descubrir. Los silencios de Filippo eran intensos, una tarde le había contado los horrores de ser un tipo como él, amanerado, hermoso, frágil y a la vez deportista –llegó a jugar en el equipo de voleibol de Catania- y vivir en un pueblo del interior de Sicilia. Yo soy de Italia, dijo, nosotros nacemos con la religión católica grabada a fuego sobre la frente.

Se encontró solo otra vez en la ciudad.

Intentó dormir. Intentó leer una novela que se le había resistido durante años. Lo sorprendió una ráfaga de aire en el muelle del puerto y le arrancó varias páginas del texto que escribía. Vio las hojas amarillentas y el dibujo de su caligrafía hundirse en el agua plagada de peces.

Y entonces decidió reescribir la historia. Cambiar el guión que no había sido capaz de actuar en su vida. Buscó a Filippo entre las páginas de un cuaderno y viajaron juntos a Menorca. Alquilarían una habitación en una calle frente al mar. Pasarían días enteros juntos sin dirigirse la palabra, sin experimentar más que el olor del otro, la textura de la piel, el sabor de las uvas amargas. (Carmen Consoli: Uva acerva). Y así la historia dejó de existir en el plano real y se ubicó en un espacio que él podía controlar a su gusto. Comenzó a escribir a mediados del verano, eso era lo más significativo. En unos meses ni siquiera recordaría el salto del amor, no volvería jamás a uno de aquellos bares del eixample gay, no hablaría italiano durante un tiempo, no escucharía las canciones de Carmen Consoli y Franco Batiatto. Así de rara sería la historia de su último amor. Pensó.

Filippo se confinó en su mundo de la noche. Los clubes. Las discotecas. Madrugadas en afters de toda Barcelona. Sexo, droga y rock and roll.

Él fragmentó la historia y probó durante un tiempo a dejar pistas en su página de una red social, un texto dentro de otros miles de textos, el perfume de una historia que los amigos comentaban ávidamente sin sospechar de qué se trataba en realidad.

16 de julio, 10:14. Duffy: Delayed devotion, Rockferry. Sitges: callecitas blancas que acaban en el mar. Azul pálido. Geranios sobre la cal. Maderas de Cuba en la iglesia. Afuera el imperio de los cuerpos y el mar.

18 de Julio, 12:23. Playa. Playa. Empuria Brava. Cap de Creus. Desayuno: pizza de anoche y zumo de piña. Tres días sin salir del mar. Una vida entera allí.

29 de julio, 13:09. Azul pálido mediterráneo. Sorbete de mandarina. Una bicicleta. Un bañador. La avenida que baja de mi casa al mar, con sus toldos y pequeños negocios. Serrat: Paraules d’amor senzilles y tendres… Me voy a la costa. No pensaré más en ti.

4 de agosto, 14:32. Starbucks. Asepsia. Banda sonora en portugués. Dos chiquillos franceses. Ropa de H&M. Café helado sin sabor a café. ¿Qué se puede hacer con la gente que muere?

5 de agosto, 18:08. Parc de la ciutadella. Niños. Gente de Escandinavia tomando el sol. Andará por ahí, piensa, por las Islas Eolias. El volcán. Aquellos azules. Vuelan dos palomas. El amor tiene más que ver con el vacío.

6 de agosto, 18:36. La tarde es la luz oblicua de este sol que no quema. Otra vez el parque. No pensar. Volvió. No era el mismo. Tampoco yo. El zumo de arándano mancha la camiseta blanca. Dos cartulinas de Catania. Maria Rita: Tá perdoado.

8 de agosto, 13:52. Kéa. Tinos. Mikonos. Siros. Kithinos. Paros. Sifnos. Naxos. Keros. Ios. Milos. Folegandros. Amorgós. Santorini. Vuelos hasta Atenas, 25 euros. En septiembre a las Cícladas. Un barco de velas y una playa rocosa en medio de la nada.

El tren se adentró en la Cerdanyola catalana. Cold Play: Green eyes. Por vez primera disfrutó ser hombre y estar solo. Los había imaginado alguna vez y ahora corrían tras el vidrio. Campos secos. Mies apiñada en esos campos. Una imagen terrible.

Allí otra vez.

El dolor.

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Cícladas VIII

para Lexis y Mónica

El pequeño pájaro voló hacia el vidrio
sin atender
la fragilidad del ala
y ese miedo a querer salir y chocar
una y otra vez
contra algo que no se ha vivido
volando sobre el monte que devastó el incendio
hacia el tiempo donde espera el pájaro hembra.
Lo he visto entrar al cuarto de los niños
como un vuelco,
como cuando alguien dice las palabras velatorio,
infarto, amigo que se va.
Ha volado de estancia en estancia
sin comprender ese estado de transparencia que llamamos vidrio
hasta que el choque frontal lo dejó en mi mano.
Lo arropo en el chal rojo de Mónica y salgo a la terraza:
su vida bullirá dos segundos entre mis dedos
antes del vertiginoso arranque hacia los montes
al otro lado del pueblo, al otro lado del mar,
hacia algún campanario abandonado
con su ala gris oscura sobre mí
rumbo a algún nido que llamaremos casa.

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Cícladas VI

El caos: bostezo de los dioses

(fragmento)

 

Nunca los escribió. Argumentos marchitos, urgencia por la realidad que no contaba. Podría describir La Habana de noviembre, rebaños de La Mesta, desórdenes del agua en un vaso de plata. A su mente, o a la mía, venían frases sin conexión con lo real. La aspereza súbita del césped en la calle, cualidades abstractas, la fijeza o la mano de ella pausada, ineludible. Entonces recordaba historias no contadas por nadie. La Facultad de Letras, la visión de los años en páginas ilegibles, besos con Alicia en el baño de mujeres o experiencias sexuales en grupo. La misma dejación.

En la beca de F el ambiente habría empeorado. Las tardes y las madrugadas frente al mar se volverían grotescas. Quien no alquiló se fue a casa de alguna novia o novio y en las escaleras se respiraba aquella peste insoportable a becado. En noviembre me expulsaron de mi cuarto. Problemas de convivencia, la luz vencida y dos o tres empleadas de administración hablando de sanciones. Eloy me encuentra en la escalera de servicio y después de oír la historia me ayuda a recoger los cacharros de cocina. Vivía solo en el piso de los bajos. Una foto de Keanu Reeves, libros en alemán y una antología de cuentos de horror de Hitchcock. Así Greimas ocupó un sitio al lado de la biografía del Káiser y la vieja foto de Salinger quedó sobre la hornilla eléctrica, junto a Keanu Reeves.

Eloy es una compañía extraña. Sus olores son fuertes, artificiales y directos. A veces un perfume Elizabeth Arden, a veces heliotropo, a veces el cansancio de un hombre que lleva una semana de trabajo sin tiempo para el baño. Llegaba de madrugada y sus clases eran opuestas a las mías. Durante un mes nunca nos vimos. Vinieron extranjeros a buscarlo. Un alemán, dos españoles. Recuerdo que el mar saltaba sobre el malecón. Luego las calles cubiertas de mar. El mar llegó más allá de G y quedamos confinados, sin luz, agua ni comida durante dos días. Las lanchas del ejército traían ridículas raciones de queso, jamón y leche. Los días largos, la humedad de las habitaciones, el vasto y sombrío marasmo de la memoria. Entonces conocí a Eloy. Mediocre, como todos nosotros, como los modelos que seguimos todos nosotros, habría dicho mi amigo. Un movimiento de cabeza, le creo. Se tendía desnudo sobre el colchón blanco a traducir. Su historia era muy simple. Mi historia era muy simple. La historia de los cubanos de mi generación es tan simple que da miedo.

Aquí ella citaría en griego un fragmento de Hiponacte, el más obsceno de la literatura clásica y luego bajaría la vista ensombrecida. Yo haría por fin un gran descubrimiento acerca de ella: no sabría nada. Mi amigo de nuevo hablaría del lado mediocre, todos ustedes son iguales, no tienen sentido del humor, sin asideros, una inteligencia artificial.

Vista desde afuera, la escena desprendería un resplandor iridiscente. Como una perla auténtica – jamás las habría visto -, como un sombrero lanzado al mar por un niño, como la sensación de horror que experimenta el hombre con la espalda pegada a la pared y los talones unidos mientras abajo se amontonan los curiosos un instante antes del salto. Necesitaba demasiado tiempo para transcribir los diarios diminutos de esa época. Hacerlo era sumirse en un desgano tal que a veces le resultaba intolerable. Lo contemplaría desde su asiento en la habitación desprovista de adornos, mientras trataba de encontrar algún sentido a aquel vacío, a la insuficiencia de las palabras y el dolor. Esta vez Eloy atraviesa la habitación. Hace un mes experimenta una sensación completamente nueva de la que se niega a hablar. Cuando nuestras miradas se encuentran me sonríe.

– Deseaba ir solo a una de esas casetas de baño que han puesto en Santa María y Guanabo. Me aburro de mí mismo.

No va a seguir.  Me pregunto qué me llama la atención en él. Siempre admiré la frivolidad de la belleza, no concibo la belleza sin frivolidad. «Ese es el problema de tus poemas, son superficiales, frívolos y bellos». Dormí toda la tarde. Dormí.

Luego el mar se retiró tras el muro y subí por Paseo hasta veintitrés. De ahí a un templo griego: su casa. Expulsado del ruedo, sin posibilidades, el Judío Isaac había escrito en mi libreta de notas un mensaje para la posteridad. Casa de Las Américas, biblioteca-sala de hospital, asepcia. Una anciana mirando sobre los lentes montados al aire todos nuestros movimientos. Yo quisiera tener la inspiración de un poeta. Arriba, en la exposición de los cuadros peregrinos,  con un vaso de ron en una mano y un Camel en la otra, admiraba mi camisa de cuadros negros y los Diecisiete ingleses envenenados de Cosme Proenza pasaron a un segundo o tercer plano. El manual de Bernabé Navarro se me escapó y la anciana amenazó con acercarse. Ella no estaría. Habría viajado a algún punto de la costa sur, entre Cienfuegos y Matanzas. Huyendo del mar. Escapar de La Habana. El Judío Isaac mira la foto de Keanu Reeves y teoriza sobre la cicatriz del bajo vientre. El bello Judío Isaac salta la ventana para ocupar mi sitio.

-Tienes que saber que yo siempre estoy confuso.

Al fin, lámparas de la Bauhaus, Tatlin y la utopía futurista, todas estas cosas en el cuarto que Eloy y yo decidimos compartir antes del éxodo masivo, el último éxodo de esta historia.

Buscaba ese sitio junto a la oquedad de las piernas cuando se unen a las nalgas, las bellas nalgas del Judío Isaac, días penosamente vividos en el engaño de esas piernas. Seis años antes la veía a diario en la Facultad de Física. Andaba con un muchacho negro y un bolso de estambre sucio perennemente colgado del hombro. Luego, en medio del tedio, la profesora de literatura – lo más cercano a la Beatriz de Dante que encontraría en mi vida, una Beatriz distinta, trastornada- hablaba de lo absurdo del suicidio. Afuera ella me esperaba con un cigarro. Desde la cuarta planta el Judío nos vio conversar. Cuando apareció, ella hizo un comentario sobre la belleza de sus nalgas y el Judío se retiró turbado. El cuarto en que nos encontraríamos no tendría rejas en las ventanas. Faulkneriano, un estante con plata sin pulir en una esquina, un viejo calendario colgado de la pared de troncos y una lámpara de petróleo nublada de insectos.

Durante cuatro semanas vivir de esa sensación. Los cuadernos escolares con poemas de Denise Levertov, H.D., Sylvia Plath, la aspereza de la conversación y los besos. Confidencias, un cuaderno de botánica con dibujos bellísimos y la terraza de la Fundación Ludwig oscurecida por el cubalibre, mira qué duro es vivir en la ciudad, qué sombríos nos estamos volviendo. En medio de todo, el Judío Isaac apareció unas cuantas veces e invariablemente se espantaba cuando ella le hacía sitio entre los dos. Mis huesos contienen una quietud, los lejanos campos derriten mi corazón.

Eloy habría partido. Su novio, un colombiano–alemán, mezcla que haría las delicias del Kaiser,  se lo llevó a un alquiler en Playa. Llenó un bolso de cosméticos, arrancó a Keanu Reeves y desapareció. Antes había elogiado las nalgas del Judío y sospecho que fue más allá de los elogios. El chisme, en venganza, incluía a unos pájaros del Comité de Base de la Facultad y al mismísimo presidente de la F.E.U.

Siguieron una serie de días turbulentos. Las historias se mezclaban, se confundían como los miembros de un Dios precolombino, una figura geométrica que jamás llegaría a ser antropomórfica del todo. La relación en picada. Se encontraron, hablaban muchísimo. Ella le contaba de su viaje a Nueva York, de las visitas al MOMA, de los atardeceres vistos desde el Puente de Brooklyng. Él, yo, no la interrumpió. Al terminar el cuento su camisa de cuadros negros estaba empapada. Los mechones de pelo lacio que caían sobre sus ojos negros también estaban empapados. Al día siguiente ella se marcharía a aquel pueblo de Cienfuegos y ellos, él, yo y el Judío, se encontrarían en un club de la costa. De regreso en una bicicleta desvencijada, un regreso que para el Judío sería inolvidable, el Judío Isaac apoyó la palma de su mano derecha sobre un muslo de él, y luego la izquierda. Esa leve presión hizo que no viera con claridad las calles, como en un vuele.

El recuerdo de esa tarde es una florería de la calle Mercaderes, el Jardín Wagner. Para él resultaría inconcebible un aparato de refrigeración que almacenaba docenas de rosas congeladas. Las había verdes, rojas, amarillas, rosas de exportación, momias conservadas en hielo. Comprendió que había nacido para verlo, para asistir al espectáculo terrible de las rosas de hielo, tal y como otros sólo nacen para morir. En su recuerdo no tenía importancia la fascinación del Judío ante espectáculo tan bello, ni la cara que puso cuando le impidió que le comprara una rosa. Tampoco tenía importancia el recuerdo de la casa del Judío, el diminuto circo de plástico sobre la mesa de noche, la inanidad, su teoría absurda sobre los futuristas, la deplorable conversación.

Miento. El Judío sería el personaje bello. Cuando calla, la serenidad inaudita del rostro, los miembros cortos y balanceados, la boca de una vastedad extravagante, llevan a cualquiera directamente hacia la perdición. Replegado en mi tristeza, asisto a un baño turco en la sauna judía. Golpeo sin fuerzas un cristal. Por un instante he pensado soportar la morbosa tentación, pero el cuerpo del Judío me cerca, ahoga mis estertores de socorro. Comprendo, comprendí que mis encuentros con el Judío Isaac podrían significar la vía de acceso al absurdo.

Nuevamente Eloy se recuesta al vacío. De visita, apareció un viernes. Trajo un frasco de Kouros  de regalo. Las manos en el cabello, un cordón negro alrededor de la muñeca, podría ser modelo de Armani o Dior. Se queja de que nunca pase nada. Se queja y dice ser una especie de Hamm. No me escucha cuando le explico mi aversión hacia el teatro del absurdo. Reconstruye detalladamente sus movimientos de la última semana. La brutalidad de sus gestos me sobrecoge. Opina que es injusta su inclusión en esta historia y se aventura a poner ciertas condiciones. Una historia para él solo, una historia con la candidez lineal del realismo, de lo contrario no pondrá un solo dato más en mis manos. Luego me da un beso de despedida y corre escaleras abajo. Desde el balcón lo veo internarse en el portal de la Casa de Las Américas y desaparecer en G.

Durante mucho tiempo no pensé en el trastorno que podría significar para su vida ser un personaje secundario. Reconocerlo ha sido sólo una parte de la verdad. Siempre he creído que Eloy es un camino hacia algún sitio. Un camino trunco. Mi amigo enciende un cigarro y me contempla compasivo. Se compadece de mi fatuidad, de mi falta de concreción. Cuando evoco situaciones que no me conciernen directamente, dice, soy poco espontáneo y entusiasta. Me falta construir. Mis construcciones son hipócritas.

Pienso en mi demagogia y definitivamente me acuerdo de ella.

Esa tarde vino a la beca y tuvo una especie de frenesí. Lloró apoyada al vacío. Supongo que internamente maldecía algo, es un misterio más allá del alcance de mi propia fantasía. En la Unión de Escritores, mientras presentaban una antología de cuento femenino, nos miramos dos o tres veces. Luego apareció. El ascensor no funcionaba. Yo cargaría dos cubitos de agua desde el tanque del piso diecisiete, sacaría la toalla de invitados, pondría dos panes a calentar sobre la hornilla eléctrica y después de comer nos meteríamos en el baño oscuro – el bombillo siempre se funde – y nos restregaríamos un poco con una esponja embadurnada de jabón. Caería la noche. Ella se acostaría en la litera de Eloy, dejaría en claro algunos detalles que ahora no vendrían al caso y sin motivo aparente tendríamos dos horas de sexo limpio, rico en sutilezas y malas palabras. En un momento determinado, añoraríamos la presencia del Judío o de Waldo–aunque Waldo no fuera un personaje de esta historia– y fingiríamos tal vez la presencia de los dos, a condición de hacer algo estimulante, distinto a lo que se acostumbra. La ausencia de proyectos nos haría vivir momentos apremiantes.

Cuando terminó de llorar la acompañé escaleras abajo hasta el comedor. Fumamos sentados sobre una mesa manchada de grasa y ella habló del peligro de las antologías donde hay malas escritoras y uno es muy joven. Era una mujer sola con una maleta llorando sobre una mesa manchada de grasa. Lucía mal. Por momentos sus silencios eran largos y duros. Tenía mucho miedo de quedarse sola. Comentamos un libro de mitología griega y se fue.

Hace dos noches el Judío me encontró a la entrada de la Cinemateca. Se ha transformado. Reparte su tiempo entre la Facultad, donde ahora es profesor ayudante, y la biblioteca del Centro Lam. Huele a cuero, a jersey, a perfume francés. Su sueño sigue siendo viajar.

Bebimos cerveza en un bar de la calle catorce y se asombró cuando le conté que ya no vivo en la beca. Cuando le expliqué que ya nadie vive en la beca. Que la beca cualquier día se hunde como el Titanic.

De regreso nos besamos en los labios en el portal de una tienda y me invitó a su casa. La lluvia había formado diminutos charcos y era agradable avanzar por las calles. Junto a la Fuente de la India, al bajar del taxi, encontramos una mujer tirada en el suelo. Su rostro era el de Simone Signoret. El Judío dijo algo sobre nuestra voracidad, sobre el apuro que todos tenemos por vivir. No comprendió que no sé teorizar sobre arte ni sobre nada. No comprendió que siempre había deseado compartir aquella historia, ahora muerta. Ni siquiera se inmutó cuando le pedí no hablar de ella, o que no apoyara la sandalia sobre la hierba rala. Va a llegar el verano y tal vez entonces crecerá y podrá saltar el muro y caer también sobre la acera.

 

Notas

1-Durante la exposición se sintió muy nervioso. Los cuadros en general no le gustaron salvo uno de Fabelo: El rastro de tu sangre en la nieve. El cuadro de Cosme Proenza, Diecisiete ingleses envenenados, lo asustó. Podía, ante él, mantener los pensamientos desligados de la realidad. Era una sensación a su modo trivial, pero llegaría a abrumarlo. Recorre la galería. Se detiene ante las demás telas. Invariablemente regresará ante ese cuadro que detesta. De haberlo podido comprar, lo habría hecho al instante y habría vivido un tiempo sólo para contemplarlo. Por suerte experimentaría la sensación que emergía de la tela sin llegar a poseerla.

2-Eloy y el Judío se encuentran en un baño del SEDER, el Estadio Universitario, unos meses antes de la exposición de los cuadros peregrinos. Habían estado jugando fútbol. Se habrían demorado, adrede, hasta que el resto de los muchachos hubiera terminado de bañarse. Horas bajo el agua, excitados, sin hablar una palabra ni tocarse jamás. El taquillero, un pederasta de la tercera edad en su juventud campeón de boxeo, mira desde afuera el espectáculo de los muchachos desnudos que se contemplan desde lejos y ejecutan el ritual del amor en solitario.

3-Existe un poema que cuenta la historia de las rosas congeladas. El judío lo robó del diario y lo esconde entre las páginas de un libro sobre las excavaciones en Creta.

4-La sauna judía: un cuarto de vapor de cuatro metros cuadrados con paredes de vidrio en el gimnasio de la Sinagoga. El judío, amigo del encargado, se quedaba con las llaves. Van juntos y se encierran. El judío no lo deja salir. Están desnudos. Desde afuera se ven los cristales empañados y el golpe súbito de la palma de una mano, casi roja, contra el cristal. Lo recorre dejando un rastro transparente que las nubes de vapor cubren al instante.

5-Waldo: ah, una especie de Tim Robins. Estudiaba el horóscopo y la influencia de los ciclones en la historia de la literatura cubana. Se casó con una finesa y se marchó. Entonces dejó por completo la literatura. Ahora es peluquero, tiene una extensa clientela compuesta por señoras que rozan los setenta y es feliz. Todos lo deseaban, ninguno lo conoció.

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Cícladas V

Narciso y un espejo

 

La historia comenzó en el Scheherazada.

Yo había regresado de Berlín. Hacia el amanecer estamos sentados en un muro frente al edificio América. No puedo recordar. No puedo nada. Nos despedimos, dice. Me acompaña hasta el apartamento. Saca la llave de mis bolsillos. Abre la puerta y me empuja levemente al interior. Adiós, malandra. No contesto. Lo abrazo y tengo una erección terrible. La puerta se cierra. La historia terminó.

La timidez del narrador ante un argumento cien por ciento real me parece una de las paradojas más bellas que existen en la literatura. Aclaro: yo no soy un escritor. Acabo de leer una página del diario de Katherine Mansfield y recuerdo ese día.

Yo había regresado de Berlín.

Entré en la oscuridad del Scheherazada y tuve la sensación de estar en una de aquellas discotecas de Berlín: impersonales, frías. Se escuchaba Björk. El estrépito de la música aumentaba y experimenté la sensación de ahogo común en esos sitios. El Scheherazada es pequeño. En los sesenta Elena Burke cantó aquí. En medio de la oscuridad, recostado a la pared de una esquina, intento parecer alegre y consigo parecer patético. Los muchachos son iguales a los de Berlín, más lindos. Las muchachas son menos y algunas tienen caras tristes.

En el baño hay dos tipos fumando. El de gorro de látex y grandes ojos azules me mira atentamente mientras orino. Siento su mirada clavada en mi nuca. Termino. Me vuelvo. Entonces debo detener la historia y volver a Katherine Mansfield.

Se estaba muriendo. Había escrito en su diario: Una vez más me hago la eterna pregunta. ¿Qué es lo que dificulta tanto el momento de la expresión literaria? Si ahora me sentara y me pusiera a escribir sencillamente alguno de los cuentos  que ya están incluso redactados y listos en mi mente, me pasaría días enteros escribiendo. Yo nunca he pasado días enteros escribiendo, yo no soy un escritor.

En el Scheherazada hacía frío. Era octubre.

Es octubre y no puedo vencer mi timidez. Recuerdo las habitaciones enormes de la casa de mis padres. Recuerdo días como estos, días como hoy. Escucho en mi memoria a Marta Strada y vuelvo la cabeza. El de gorro de látex me hace un gesto con la mano y sonríe. Su sonrisa es limpia. Tiene veinte años, imagino. Tomo el cigarro y halo dos patadas. El humo se cuela en los alvéolos pulmonares. Días como hoy, cuántas veces la ocasión de almacenar estas historias. Salimos a la pista. Bailamos los tres. Me dejo llevar. Estrellas. Luces de colores. Chemical brothers. Manadas de muchachos entran por la puerta de acceso en el otro extremo. El de gorro de látex no deja de mirarme. En la oscuridad puedo sentir sus ojos recorriéndome. Es alto. Se llama Ricardo y cuando dice su nombre agrega: un nombre común. Una de las muchachas que baila a mi lado se sitúa entre Ricardo y yo. Hago espacio. Lleva un arete en forma de lágrima bajo el labio inferior, el pelo largo. Luego sabré que se llama Osiris, como el dios egipcio. Que va todos los domingos a bailar sólo para ver a Ricardo. Que estudia en el preuniversitario del Vedado y que todos sus amigos saben que está loca. Ricardo la aparta y sigue bailando frente a mí. La muchacha camina unos metros hasta la cabina donde ponen la música y comienza a fumar. El efecto de la hierba hace que la música sea lenta, que todo sea lento. El mundo es una inmensa naranja, pienso y vuelvo al baile.

Ricardo estudia en la escuela de diseño y no tiene veinte años. Veinticinco, dice cuando le pregunto. Habla una especie de jerga que me parece cómica y abstracta. Era la primera vez en mi vida que visitaba una discoteca en mi país. El Scheherazada no es exactamente una discoteca ni yo soy un escritor, así que me decido a continuar la historia.

Katherine Mansfield había escrito: cuando uno se siente pequeño y está enfermo y aislado en un cuarto lejano, todo lo que pasa más allá es maravilloso… Yo había visitado el más allá. La semana en Berlín me decepcionó. Había esperado encontrar la ciudad de Wim Wenders. El cielo sobre Berlín estaba gris, nunca vi un cielo tan triste. Luego, en La Habana, las calles fueron mi refugio. En la desolación y sordidez de las calles de La Habana había vivido desde mi regreso, embriagado con aquella sensación de no estar en realidad en sitio alguno. La enorme verja de la casa de Amada, en Línea, había dejado de significar. Muchas cosas habían dejado de significar y por primera vez sentí que estaba enfermo. Sentí el peso de mi enfermedad. Por eso visité aquella tarde el Scheherazada. Por eso estoy ahora bailando con dos muchachos en el extremo más alejado de la pista. Por eso he leído en los últimos días las cartas y el diario de Katherine Mansfield y por eso sé que no soy un escritor.

Osiris regresó y bailó con más fuerza. Se contoneaba frente a Ricardo y a mí. Era una muchacha bellísima. Levantaba los brazos y cantaba aquella canción de Smash Mouth: Walkin’on the sun. Yo saldría a coger aire. Me sentaría en una silla frente a la puerta de entrada y entonces, realmente, vería por primera vez a Ricardo. Está loca, habría dicho. Viene todas las semanas sólo para verme. Y yo lo estaría viendo. Los ojos claros, de un gris casi azul. Los hombros blancos, más blancos aún que los míos, fuertes, tatuados con un elefante de Dalí. Camiseta rojo vino y blue jeans a la cadera. Extendería una mano y me ayudaría a levantarme. Eso se te quita ahora mismo, habría dicho, y yo por arte de magia me sentiría mejor. La falta de actividad física de esas semanas me había engarrotado los músculos. Hacía mucho tiempo no visitaba el gimnasio. Volveríamos a entrar.

Quería comenzar una vida nueva. Londres, Redcliffe Road, 47. 5 de julio. – Esta tarde, cuando vuelva a casa, pues tengo que salir para comprar fruta, je commencerai encore una vie nouvelle. Volved la página y veréis que buena me he vuelto. Voy a ser una muchacha distinta. En el Scheherazada yo había sido un muchacho distinto. El mundo particular y cerrado de mis seres humanos había desaparecido. Bailamos hasta las ocho de la noche. Luego el encanto se esfumó, los sirvientes volvieron a ser ratones y la carroza se convirtió en calabaza. Me despedí de Ricardo sin que él lo supiera, voy al baño, había dicho, y desaparecí. En casa, frente al refrigerador, abrí el sobre de AZT y pensé en lo extraña que se había vuelto la vie nouvelle sin futuro. Soñé con Esenin. Escucha, corazón impuro/ corazón de perro mío. / Para ti, para el ladrón, / oculto en mis manos un cuchillo frío. En el sueño yo estaba sentado en una habitación en penumbras y frente a mí estaban Esenin y Lermontov. Esenin tenía los ojos de Ricardo. Lermontov decía en ruso versos de Demon y comencé a ver chaquetas azules y caras amarillas, campos devastados, mujeres y hombres jóvenes que devoraban raíces y montoncitos de tierra llevándoselos a la boca con sus manos negras de uñas levantadas. Al despertar pensé en Stalin y leí a Katherine Mansfield. Estaba feliz y recordé que el día anterior había comenzado una nueva vida.

El domingo siguiente llegué más temprano. Eran las cuatro de la tarde y nadie bailaba todavía. En la pantalla de video beam estaba Björk. Me senté en una mesa vacía y pedí una cerveza. Ricardo llegó media hora después. Venía con una amiga. La muchacha sonrió y decidí descubrir un rostro conocido. Ella también es diseñadora, habría dicho. Estaríamos hablando y yo tendría la cara roja como un tomate y pensaría en mi sueño y miraría a Ricardo y la gente hablaría sin parar y Björk all is full of love.

La muchacha fue amable y cordial. La amabilidad y la cordialidad son estados lamentables que a veces ofrecen resultados de cómoda eficacia. A las cinco nos levantamos y fuimos los primeros en bailar.  La euforia que experimentaba era inexplicable. Días después entendería que debía y no quería contenerme. Días después decidiría abandonar la vie nouvelle y lo conseguiría, aunque siempre tendría la sensación de haber esperado demasiado.

Osiris llegó con una pandilla de jovencitas arrogantes. Nuevamente bailó junto a Ricardo. Recordé, en algún momento, aquella «cándida historia» de un escritor cubano que hablaba del hombre nuevo. Pensé en el hombre del futuro. Estaba allí y nos miraba con ojos que guardaban un secreto inviolable. En ese mismo instante detuve la historia, encendí un cigarro y volví a Katherine Mansfield.

Las cuatro de la madrugada. ¿Ya es de día ahora a las cuatro? Salto de la cama y corro a la ventana. (…)¡Cuántas veces he contemplado esta hora cuando era muchacha! (…)La puerta extraña se cierra tras la desconocida y entonces me deslizo entre las sábanas. Y espero a que las sombras salgan de los rincones y tejan su tela sobre el papel de las paredes.

La tela me envolvía y ocultaba la mirada del hombre del futuro. Osiris se acercó todo lo que pudo a Ricardo. Ricardo se apartó y Osiris tuvo uno de aquellos ataques que ya me habían contado. Se tiró de cabeza contra una pared y luego al suelo. Ricardo y su amiga me arrastraron afuera. Nos reímos y sobre sus labios quedó marcada la espuma de la cerveza. Esa tipa está loca de verdad, dijo la amiga. Se llamaría Inés y trabajaría diseñando estampados de camisetas. Sería alta y en su ropa siempre luciría alguna diminuta mancha de pintura. Bailamos sin parar hasta las ocho. Osiris no apareció más. Nunca volvería a verla.

Mi alegría y mi tristeza habrían desaparecido. Durante la próxima semana trataríamos de vernos a diario. Él me esperaría a la salida de la Facultad y yo llevaría los libros bajo el brazo, como un escolar. Caminaríamos mucho bajo la llovizna fría, sin hablar casi. Midiendo nuestro espacio como boxeadores. El parque de H y 21, los bancos del parque de 17 y 6, la sombra de los álamos de la calle Paseo. Yo nunca diría nada y sentiría miedo: horror. Ricardo traería manzanas y sus labios se detendrían mucho tiempo en la corteza roja. Yo hablaría  de literatura por decir algo y me aburriría mortalmente. Hablaría del espacio de tiempo que hay entre la Odisea y Esquilo: de los líricos arcaicos. Ricardo parecería realmente interesado y yo luciría falsamente entusiasmado por su interés. Hablaría de Mimnermo y citaría dos o tres versos de Nanno, el famoso tís de bíos. Arquíloco, Alcmán, la buena de Safo. Y luego le contaría, como si se tratara de una novela, la indefensión que sentían aquellos hombres ante el poder de los dioses. Epatar. Hablar de otros asuntos y no pensar en uno mismo. El temor del hombre arcaico sería mi propio temor ante Ricardo, yo estaría solo e indefenso.

21 de enero. Este día me ha parecido un sueño. El cabello de W., su bastón, su americana, sus dientes, su corbata, de todo me acordaré. Como se dice vulgarmente «estoy harta». El viaje, las flores y estas mujeres. El chal de seda negra de Jinnie, y su alfiler con una perla. Este aseo refinado me ataca los nervios.

Pasaba  horas bajo el agua, en el baño. Había caído en las redes de mi propia tentación. No era ya un ser humano. La parte humana que hubo en mí se inmovilizó ante la visión de unos ojos de un gris tan azul y un gorro de látex. Él quería de mí la parte que veía: y yo sabía que era imposible dar el primer paso. Que era absurdo dar ningún paso. La noche, que es mi vida, llegaba a su fin. Me presento ante un público nutrido que atisba desde las gradas la oscuridad del escenario. Y yo estaba allí. Deslizándome en la oscuridad. Inventando una historia que no podría contar por lo sano.

Me ofrecía en el altar y Ricardo levantaba en su mano el arma sangrante. ¿Cómo adivinarlo? Hubiera contado la historia de otras mil maneras. Pero necesitaba palpar y sentir la agonía de una profundidad que llevara mi propio sufrimiento. Yo me ofrecía sano, intacto, generosamente. Mi dilema era el dilema más antiguo: el del hombre que no sabe ver dentro de sí. El del hombre que sólo comienza a ver cuando queda ciego. Yo estaba ciego y había comenzado a ver.

Esto fue lo que vi.

Vuelvo a la casa y me siento frente al libro de Katherine Mansfield. Escucho el timbre de la puerta. El gorro de látex caería sobre el suelo de madera encerada y mostraría el pelo. El placer, el miedo al placer. Finjo estar ocupado con unos asuntos pendientes. No sé fingir. Vuelve la percepción de una carencia, la sobreabundancia de un vacío. Tengo la sensación de  estar frente a uno de esos manjares prohibidos de que hablan las escrituras. Yo frente a mí mismo. La tentación es estar frente al placer y no sentir que es inútil. Ricardo parado en el umbral de la puerta del balcón hablaría de cualquier cosa. En algún momento me levantaría de mi asiento y descubriría un parecido físico increíble entre Ricardo y lo que podría ser yo. El tamaño de las manos, los labios, la curva de los hombros. Somos casi iguales, diría, todo el mundo lo comenta.

El tacto devolvería la sensación de una superficie azogada, un espejo entre los dos. Me estaría comiendo a mí mismo en un dulcísimo acto de antropofagia. La materia de que están hechos los cuerpos sería idéntica. Narciso y un espejo. Me negaría a tocar la materia suave e inerte. Me negaría a todo. ¿Podría sostenerme en la sequía del cuerpo impermeable el simulacro del cuerpo de Narciso? Deshecho y en silencio lo contemplo: la ambición indescifrable, los racimos dorados y la corteza áspera de la naranja que al tacto de su cuerpo se consumirán.

Lo que pasó con Ricardo es que logró conmoverme, conmovió mis estructuras mentales adaptadas a la idea de la vida que para mí siempre ha simbolizado la muerte. Con una sola mano lo desnudaría. Pasearía desnudo por la habitación. Yo lo miraría sin moverme. Conversaríamos. Fumaríamos un cigarro y yo olvidaría la prohibición terminante de fumar, viviría instantes al borde de todas las prohibiciones. Ricardo gesticularía con un pincel que trazaría dibujos en el aire y yo recordaría nuevamente, esta vez sin hablar de ellos, a mis poetas arcaicos: se alegraba llevando una rama de mirto y del rosal la bella flor; y su cabellera sombrea los hombros y la espalda.

El peligro para Ricardo radicaba en el lenguaje propio de nuestros encuentros: las relaciones humanas son frágiles hasta que establecen su propio código. Ricardo conoce este código y por eso teme. Para revivirme y revivirlo me despido. Se marcha después de repetir quinientas veces: a mí no me importa, hay miles de personas en el mundo que llevan una vida normal estando enfermos. Tenía su lenguaje propio, pero el código es común. Es una condición, habría agregado y yo cerraría la puerta y pensaría en mi mala suerte que no me hizo poeta ni escritor. Recostado al marco de roble luciría realmente patético y tendría un ataque de risa: la risa del dolor. A mis pies se formaría un charquito de orine azogado.

Decidí ocultarme. No lo recibí más en mi casa. No volví a verlo hasta ese día. La vie nouvelle había terminado. La vida real sería apenas un reflejo en la superficie plateada de la orina. Habría perdido el miedo y la necesidad de analizarme. Una de las últimas tardes que salimos, conocí en el Centro de Prensa Internacional a un fotógrafo pelirrojo que nos tiró unas fotos desnudos. Miro las fotos y no me reconozco. Entonces había llamado sufrimiento al estado de alegría más sano que jamás sentí. Mi rostro en la foto no es como el de ahora, una plegaria. Mi rostro dice que no hay cuento, que un rostro como el mío no tiene nada que contar. Mi rostro es impasible, neutro en el amor. Había sido obligado a una profundidad que me ahogaba y en la que era imposible salvar todo sentimiento. Estaba Dios y yo era un hombre frente a  él.

Miro las fotos y descubro que son bellas, la belleza velada de lo efímero. Las coloco junto a la reproducción del retrato de Katherine Mansfield. La veo con un vestido de pana gris, el pelo corto y la línea delicada de la nariz y la boca. Lo veo tendido de espaldas, con un brazo colgado fuera de la cama. La acción sucedería en la realidad y me habría descubierto comiendo de Ricardo un pedazo de mí mismo: los labios, el semen que huele a yerba pisoteada, el azogue del orine y el dolor.

Era domingo y era el Scheherazada. Al llegar recordé unos versos de una poeta muy famosa en los ochenta: los sábados por la noche / los jóvenes van al Scheherazada / hacen el amor en los pullman  resbalan / por la cuerda floja y sin voluntad de / un cualquier amor que los impulsa a ser / exóticos    aburridos    pero jóvenes al fin. Los versos en verdad me parecieron malos, habían pasado más de diez años y era lo mismo. Le entregué un dólar arrugado al portero y entré.

Ray of light. Madonna. Nadie bailaba pero el sitio estaba lleno. Ricardo apareció diez minutos después. Un beso en la mejilla. El gorro de látex llegando hasta las cejas. La nada titilaba en el gris de los ojos que también podrían ser azules. La historia oscilaba a cada vuelta como un disco negro, torcido por la humedad sobre el plato del tocadiscos. En el baño bloqueó la puerta con la espalda y nos besamos. Enciende  un cigarro que ha preparado cuidadosamente. La vida real deformada por las gruesas lágrimas que no se desprenden de los ojos.  Una semana después Ricardo dejaría de existir y yo trataría de inventarlo escribiendo una historia que me haría comprender que no soy un escritor. La simetría de los espejos me sugeriría la composición anular y el final sería lo mismo que el principio. Bailaríamos hasta la madrugada. Beberíamos ron. Nos besaríamos bajo las luces de colores. El hombre del futuro se esfumaría y descubriría que su lugar siempre estuvo en otra parte.

Yo había regresado de Berlín.

La historia comenzó en el Scheherazada.

Hacia el amanecer estamos sentados en un muro frente al edificio América. No puedo recordar. No puedo nada. Nos despedimos, dice. Me acompaña hasta el apartamento. Saca la llave de mis bolsillos. Abre la puerta y me empuja levemente al interior. Adiós, malandra. No contesto. Lo abrazo y tengo una erección terrible.

La puerta se cierra.

 

 

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Cícladas IV

Girasoles  (De Francis)

Flotaba en la cubeta

una procesión de pétalos oblicuos

como días

en que el entendimiento aparto.

No los volví a ver.

Ensimismado, la deriva

de esas ásperas resinas de la mente

me hubo de poseer

hasta que al fin

me perdí todo.

Sin embargo, un girasol

testa di fiore, humo parlante

sobre el agua de la sucia cubeta

intentó traerme de la muerte:

el olvido.

Pinar del Río

Mi ropa almidonada en la terraza

y las nubes de vapor en la calle Cavada

-como pastores en el vidrio de las tardes

cuando aún existían los almendros-

me angustian.

Mientras toco y domino los muebles silenciosos

-el polvo de los años en mi cara-

he vuelto a ver el Palacio de Guach,

los dinosaurios, los dulces de Bomnim,

aquellos labios que besé en un vagón

rumbo a las infinitas plantaciones de tabaco.

Desde hace tiempo,

cuando el auto deja la autopista

y recorre el insólito malecón,

me veo caminar entre los pinos

y siempre pienso:

Dios, si alguna vez me recuerdan

que sea de este modo.

Con mi camisa de hilo almidonada

hacia la deserción, muy lejanos aún los veinte años,

saliendo a la blancura del Teatro Milanés

de mano de mi madre.

Acqua di Giò. After shave balm

No el deseo, que surge

apenas en la noche

y es una bestia triste y es dolor,

ni tus ojos perfectos que nunca he comprendido,

ni tu fragilidad.

Pero a veces

cuando falla el molde preciso

que dibuja tu ropa -un jersey Armani,

los pantalones Gucci que compraste en Florencia-

me pregunto qué voy a recordar de ti.

Tal vez el viento helado sobre la galería

en tanta noche sin poder dormir,

o una tarde en un gran almacén,

o la certeza de que nunca es feliz el ser humano.

Tal vez esa fotografía

donde exhibes una belleza indeleble

y yo aparezco al fondo, tan perdido

como la firma de todos los artistas griegos.

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Cícladas III

Benjamin

Una camisa de cuadros. La terraza. El parque infantil. El recuerdo borroso de un concierto de Blur en el Primavera Sound. La piel muy blanca y los tatuajes. Tenía veinte años. Yo aún no tenía edad. Dijo que era de Manchester, de Valencia, de alguna isla de Croacia. En la noche, al final del trabajo, solíamos beber una cerveza en un bar de calle Tallers y jugar al futbolín. Luego me explicó los riesgos de una educación deficiente, de los colegios bilingües, de la formación inglesa. También habló de las plantaciones de vid de su madre y me prometió un clarete buenísimo, dijo, para beber frío a las cinco de la tarde y mirar el mar. Había un montón de mujeres en su vida. En la terraza lo miraban todos, eclipsaba cuanto le rodeaba con una simpatía sin edad ni condición sexual. Los niños lo adoraban. Y los perros.

Miras al joven rubio.

Su piel y su deseo

te recuerdan un cuento de los veinte años,

aquellas fúlgidas nubes

que atisbaron tu origen. Como un musulmán

entonas la plegaria y te retractas,

tu palinodia personal contra la educación,

la manera en que te enseñan que algo

debe ser ese algo

y no una percepción, un sabor dulce o amargo,

y distorsionan

la educación del joven rubio, como la tuya misma,

la limpia preceptiva de hechos

que forman occidente.

El joven es más bello que la plaza gris

de la ciudad de layos que llaman Occidente.

Ahora respirará sobre tus labios,

mira el sueño de PInk Floyd.

En la banda visual ya está la foto.

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